Mercancías: una maltratada necesidad vital
Tenemos mercancías atrapadas —cautivas— dentro del enjambre de bloqueos de la red ferroviaria. Esto provoca que las que todavía circulan por carretera no contemplen la opción de subir al tren, porque no disponen ni de la oferta necesaria ni del servicio adecuado. Y cuando deciden moverse por carretera, se encuentran con un grave corte en el eje troncal del país, la AP-7 en sentido sur, lo que les obliga a improvisar para encontrar circuitos alternativos donde nadie se atreve a confirmar nada: ni cuándo, ni cómo, ni por dónde llegarán. Cada día, conductores, planificadores, directores de logística y operarios tienen que buscar soluciones imposibles para lidiar con el desorden con el que se encuentran.
Contamos con un tejido logístico gestionado por personas con mucho talento y una fuerte vocación, que hacen lo imposible para que todo fluya a pesar de chocar con un entramado operativo complejo, generado por decisiones —o inacciones— de reguladores, gobiernos, administraciones y gestores de infraestructuras, que proyectan ideas desde un laboratorio alejado de la realidad y que se materializa en una cotidianidad operativa difícilmente aceptable.
El movimiento diario de mercancías es el reflejo de la vitalidad industrial de un país, el tejido sanguíneo que mantiene activa su economía productiva. Pero ¿a quién le importa eso? Las mercancías molestan. Las mercancías no hablan, no se quejan, no tienen derechos y no votan, a diferencia de las personas. ¿Alguien toma partido por las mercancías? Nos molestan cuando viajan en camión por la autopista, también por la ciudad. Siempre hay que apartar a los camiones para priorizar el paso del vehículo privado, pero queremos que el producto nos llegue a tiempo y esté disponible en el estante de la tienda cuando lo necesitamos. ¿Cómo se articula esta contradicción?
Necesitamos un pacto nacional de protección de las mercancías que las reconozca como un bien de interés industrial también cuando están en movimiento. Un pacto que se convierta en un pilar de la nueva sostenibilidad —no solo medioambiental, sino también social, ética y resiliente— para que, juntamente con los conductores, el flujo de productos pueda circular de manera continua y deje de ser el chivo expiatorio donde se acumulan todas las ineficiencias y externalidades derivadas del sistema político y de los gestores de las infraestructuras.
Necesitamos también la creación de corredores continuos de mercancías. Es necesario definir ejes estratégicos de transporte que atraviesen el territorio y que dispongan de atención prioritaria, con soluciones operativas fiables, para que ante cualquier disrupción la primera respuesta nunca sea detenerlas por defecto. Estos corredores deben garantizar la continuidad del flujo, del mismo modo que se hace con el vehículo privado cuando, durante las operaciones retorno, se habilitan carriles en sentido contrario. De este modo, la AP-7 podría disponer de un carril operativo en sentido sur utilizando el vial de subida: aunque la circulación fuera más lenta, el flujo no se detendría y evitaríamos el caos informativo y viario que sufren conductores y planificadores. También en situaciones de protesta o de bloqueo de vías principales, los conductores de mercancías deben poder ejercer su derecho a circular y no ser tratados como elementos prescindibles, apartados en arcenes o aparcamientos a la espera de que se les permita retomar su trabajo. Los conductores son profesionales responsables que acompañan a las mercancías hasta destino y que sufren, junto a ellas, este despilfarro constante de esfuerzos logísticos, que se traduce en horas perdidas y costes económicos muy elevados.
Es indispensable también que el camión suba al tren. Las autopistas ferroviarias en arterias estratégicas de transporte son una necesidad urgente para descongestionar la red viaria y ahorrar miles de horas de conducción improductivas. Seguir aplazando este escenario es asumir conscientemente que tenemos un sistema ferroviario deficiente.
Desde la asociación global de empresas industriales que contratan transporte (GSA), hemos impulsado el Manifiesto Global de los derechos de las Mercancías (Bill of Cargo Rights), un documento que establece los principios y garantías que deben protegerlas para que puedan seguir generando riqueza en los territorios por los que transitan, sin ser penalizadas por el propio sistema logístico. Del mismo modo que las empresas fabricantes que contratan transporte acreditan voluntariamente un comportamiento logístico ético, sostenible y resiliente mediante la Certificación del Cargador Responsable (CCR), sería necesario que gestores y responsables políticos tomaran buena nota de que gobernar y gestionar también implica asumir compromisos, acreditarlos y garantizar una transparencia operativa ética, real y contrastada.



